Había una ventana que daba al verano y otra que daba al miedo. Yo elegí la que tenía cortinas blancas, y aún así, soñé con la otra durante meses. La casa era de mi abuela materna, una casa que olía a pan de ayer y a hierbas que ella nunca decía cómo se llamaban — solo cómo se usaban.
Cuando llegábamos en agosto, la luz se metía por todos lados como si supiera el camino de memoria. La cocina tenía baldosas que se enfriaban a las cuatro de la tarde. Yo me sentaba ahí con los pies descalzos, fingiendo que leía, escuchando a las mujeres hablar bajito de cosas que entonces no entendía y ahora reconozco en mi propia voz.
01La ventana que daba al verano
Mi abuela decía que las ventanas tienen memoria. Que cada una recuerda lo que vio primero — y que si las abres siempre a la misma hora, te devuelven ese primer recuerdo intacto, como un favor antiguo. La que daba al patio recordaba un agosto sin nombre, con las cigarras tan altas que tapaban la radio. La otra, la del fondo, recordaba algo de lo que nunca hablábamos.
«Las casas no se heredan, se aprenden. Una casa se aprende como un idioma — primero las palabras grandes, después las pequeñas, y al final lo que se dice sin decir.»
— Anotación, cuaderno verde, agosto 2024
02Recados en la harina
Ella escribía con el dedo sobre la harina cuando algo se le olvidaba. «Hervir leche», «llamar Carmen», «no abrir el armario azul». Yo creía entonces que era un juego — más tarde entendí que era un mapa. La harina se barría al final del día, y los recados se iban con ella. Pero algunos quedaban en mi memoria, como sombras de letras.
03El piano que nadie tocaba
En el salón había un piano que nadie tocaba pero que se afinaba todos los años. «Por si acaso», decía mi tía. Una vez le pregunté por si acaso qué, y se rio sin contestarme. Aprendí pronto que en esa casa había preguntas que se hacían con los ojos, no con la boca, y que la respuesta llegaba — si llegaba — años después, en otra cocina, con otra luz.
04Lo que aprendió a vivir en los pasillos
Lo que aprendió a vivir en los pasillos no era miedo, exactamente. Era una forma de espera. Como si la casa estuviera siempre a punto de decir algo. Cuando volví a entrar, veinte años después, las ventanas seguían ahí — la del verano, la del miedo. Las dos abiertas. Y, por primera vez, no me asustó la del fondo. Me asustó pensar que ya no se acordaba de mí.

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Tqm.