Pañña

Volver no es siempre volver. A veces es entrar a una habitación que se vació de ti hace tiempo, y reconocerla por un olor que no es exactamente el de antes pero que, sin embargo, sabe tu nombre. La otra casa estaba en la misma calle, dos puertas más allá, y solo nos asomábamos cuando alguien moría. Este verano fui sin que muriera nadie.

La higuera del patio había crecido lo suficiente para tapar la ventana del cuarto donde aprendimos a leer. Eso, supongo, es lo que llaman pasar el tiempo: que un árbol haga lo que tenía que hacer.

01El olor del verano nuevo

Olía a cal y a higos por madurar. La cal la habían echado los nuevos dueños — gente cuidadosa, me dijeron, que limpiaba la casa como si la fueran a heredar dos veces. Los higos eran los mismos. Esos no se pueden cambiar.

«Los lugares que vuelven son los que aún tienen algo que reclamarte.»

— Cuaderno azul, julio 2025

02La hamaca, el libro abandonado

Había una hamaca tendida entre el limonero y un poste que antes no estaba. Sobre la hamaca, un libro abierto boca abajo, con el lomo expuesto al sol. Pensé en cerrarlo. No lo cerré. Tal vez quien lo dejó ahí estaba volviendo, también, de otra cosa.

03Una conversación que no tuvimos

Tu nombre apareció en la conversación de los nuevos dueños — no a propósito, en una anécdota lateral. No corregí nada. Salí al patio y miré la higuera hasta que la luz se movió. Nada de eso fue importante. Y, sin embargo, aquí lo escribo.

04Lo que dejé al irme

Una nota debajo de la maceta del basilico, doblada dos veces. Decía solo: «Gracias por cuidarla». No dejé claro si me refería a la casa o a la persona que vendría después.

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