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Hay puertas que pesan más por dentro que por fuera. Esta tarde aprendí cuál era la mía. Estaba en una casa prestada — cocina con baldosas blancas, una percha sin abrigos, y al fondo esa puerta verde que llevaba toda la semana posponiendo. Sé que suena exagerado. Suena así porque lo es.

<Section num="01" title="La cerradura que conocía">

La llave entró como entran las llaves cuando el mecanismo te conoce. Hubo un clic, y luego nada. Me quedé con la mano en el picaporte un rato más largo del que admito.

<Blockquote cite="— Diario, 28 abril 2026"> «Lo difícil no es decidir. Lo difícil es seguir teniendo el cuerpo en el sitio exacto donde decidiste.» </Blockquote>

</Section>

<Section num="02" title="El umbral">

En el umbral hay algo que no es sala ni pasillo. Es la pausa entre quien fuiste hace cinco minutos y quien vas a ser cuando la puerta se cierre detrás. La luz, ahí, siempre está rara — ni la de afuera ni la de adentro.

</Section>

<Section num="03" title="Volver a entrar">

Entré. No pasó nada de lo que había imaginado. Casi nada nunca pasa como uno lo imagina; lo que sí pasa es que uno termina entrando, y eso, en general, es lo único que importaba.

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