En este camino he entendido que no basta con nacer una vez.
Nacer inicialmente implica dejar algo atrás: el útero, la placenta, la madre.
Volver a nacer implica volver a dejar algo atrás: el ideal, el símbolo, el árbol, la madre.
Quiero nacer entendiendo que hay raíces que me sostuvieron inicialmente. Me alimentaron para que yo existiera, no solo como feto, sino como el ser humano que ha crecido durante treinta años.
Yo necesité que alguien deseara que yo existiera. Esa fue mi madre.
Cuando pienso en cómo nace un árbol, imagino el fruto que cae al suelo y luego echa sus propias raíces. Ahora sé que no necesito las raíces de mi madre para seguir viviendo. No las necesito. Las honro, con amor; con un amor nuevo, el que he estado aprendiendo en mis caminos.
Me he dado cuenta de que tengo mis propias raíces. Las he estado cultivando y abonando, día a día, durante años. Me he encargado de darles un lugar, de tener espacio y tierra fértil para que crezcan.
Ahora también soy raíz. Soy el árbol entero. Y aquí estoy, enraizada en mí. Nada ha sido tan mío como esto.
Me sostengo.
Me alimento.
Crecer implica decir no. Crecer implica saldar la deuda. La deuda impagable de amor y de tiempo, porque ni todo el amor ni todo el tiempo alcanzan para devolver lo recibido.
Esa deuda empieza a saldarse cuando dejo de vivir para merecer el amor de mi madre y empiezo a recibirlo como lo único que podía darme.
Ya no necesito seguir siendo hija para existir.
Puedo, por fin, nacer de mí.
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